Adiós a Diego y adiós a Maradona (Por Jorge Valdano)

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Adiós a Diego y adiós a Maradona

Hay algo perverso en una vida que te cumple todos los sueños y él sufrió como nadie la generosidad de su destino. Fue el fatal recorrido desde su condición de humano a la de mito el que lo dividió en dos

JORGE VALDANO elpais.com EL PAIS ESPAÑA 25 NOV 2020 

Aquellos que arrugan el rostro pensando en el último Maradona, con dificultades para caminar, problemas para vocalizar, abrazando a Maduro y haciendo de su vida lo que le daba la gana, harán bien en abandonar esta despedida que abrazará al genio y absolverá al hombre. No van a encontrar un solo reproche, porque el futbolista no tenía defectos y el hombre fue una víctima. ¿De quién? De mí o de usted, por ejemplo, que seguramente en algún momento lo elogiamos sin piedad.

Hay algo perverso en una vida que te cumple todos los sueños y Diego sufrió como nadie la generosidad de su destino. Fue el fatal recorrido desde su condición de humano al de mito, el que lo dividió en dos: por un lado, Diego; por el otro, Maradona. Fernando Signorini, su preparador físico, tipo sensible e inteligente y, posiblemente, el hombre que mejor le conoció, solía decir: “Con Diego iría al fin del mundo, pero con Maradona ni a la esquina”. Diego era un producto más del humilde barrio en el que nació. A Maradona lo sobrepasó una fama temprana. Esa glorificación provocó una cadena de consecuencias, la peor de las cuales fue la inevitable tentación de escalar todos los días hasta la altura de su leyenda. En una personalidad adictiva como la suya, aquello fue mortal de necesidad.

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Si el fútbol es universal, Maradona también lo es, porque Maradona y fútbol ya son sinónimos. Pero a la vez era inequívocamente argentino, lo que explica el poder sentimental que siempre ha tenido en nuestro país y que lo hizo impune. Un hombre que, por su condición de genio, dejó de tener límites desde la adolescencia y que, por su origen, creció con orgullo de clase. Por esa razón, y también por su fuerza representativa, con Maradona los pobres le ganaron a los ricos, de manera que las adhesiones incondicionales que tenía allá abajo fueron proporcionales a la desconfianza que le tenían los de arriba. Los ricos odian perder. Pero hasta sus peores enemigos tuvieron que sacarse el sombrero ante su descomunal talento futbolístico. No había más remedio.“Con Maradona los pobres le ganaron a los ricos, de manera que las adhesiones incondicionales que tenía allá abajo fueron proporcionales a la desconfianza que le tenían los de arriba”

Con poco más de 15 años empezó a concursar para dios del fútbol. Lo hizo, además, en un país que lo acogió como a un mesías sentimental, porque el fútbol, en Argentina, es un juego que solo llega a la mente después de pasar por el corazón. La fascinación por el arte barrial que Diego llevó a los estadios trascendió al hinchismo. No importaba la camiseta que llevara, era un genio, era argentino y eso resultaba suficiente para desatar el orgullo.

Domador de la pelota

Como es su obra lo que lo hizo grande, y no su vida, empecemos por ahí. Hay una primera imagen de Diego dominando la pelota en un escenario humilde, concentrado como un burócrata y feliz como un niño que arma y desarma la pelota, el juguete de su vida. Primero la zurda y luego la cabeza no la dejan caer en lo que parece una amable discusión con esa pelota que aún se le rebela. Está a punto de escaparse, pero Diego no la deja, la somete, como si la estuviera domando más que dominando. Tiene poco más de diez años y ya apunta para virtuoso, aunque la pelota y Diego aún se estén conociendo.

El idilio del domador con la pelota creció con el tiempo hasta llegar a un punto en que ver a Diego manejarla era un espectáculo aparte. Cuando entrenaba, y solo para dar un ejemplo, la tiraba hasta el cielo con un efecto que solo él entendía y, mientras la pelota viajaba, Diego hacía ejercicios como si no se acordara de lo que había dejado colgado en el aire. Pero cuando la pelota, ya cayendo, llegaba a su altura, volvía a mirarla haciéndose el sorprendido, para devolvérsela al cielo con otro efecto y olvidarse de ella otro ratito. Sabía exactamente el momento y el lugar del reencuentro. Lo demás corría a cuenta de su precisión milimétrica. Su infinito repertorio acomplejaba.

Estábamos en Berlín esperando un partido con Argentina y Bilardo insistía en la necesidad de depurar la técnica y, como las obsesiones nunca se quedan cortas, repetía sin parar que un jugador argentino tenía que vivir con la pelota en los pies: “Mañana, tarde y noche, siempre con la pelota”. Días repitiendo lo mismo. Así las cosas, a la hora de comer Diego salió de su habitación dominando una pelota, tomó un ascensor en el que siguió haciendo jueguitos, llegó al comedor, se sentó y la pelota seguía sin caerse mientras picoteaba el pan. Bilardo entró, lo vio y con una sonrisa de oreja a oreja se llenó de razón: “¿Ven? Por eso es Maradona”. Este episodio que siempre evoqué con una sonrisa, hoy llega envuelto en una inevitable tristeza.

El virtuosismo que alcanzó con la pelota, y que todos admiramos, lo llevó luego a la concepción del juego hasta hacer de la perfección una costumbre. Con esa mirada periférica de lechuza, con la noble elegancia de un mago para engañar y la potencia de un cuatro por cuatro para escapar, con pases sin defectos para asociarse, con tiros letales y con una personalidad napoleónica para afrontar las grandes batallas…

En ningún lugar fue tan feliz como dentro de una cancha. Ahí tenía una cita con su amor, la pelota, pero también un dominio espectacular de la escena, como si no se sintiera parte de un equipo, sino único. Como un roquero enloqueciendo a la multitud, antes que un futbolista. La seguridad que tenía con la pelota y la superioridad abusiva de su juego, la fue incorporando a su mentalidad hasta que llegó el día fatídico en que el personaje superó a la persona. Era distinto, se sentía distinto y actuaba distinto.

Un solista

En algún momento de la anterior reflexión se me escaparon dos conceptos que, malinterpretados, son injuriosos y conviene aclarar. El primero, cuando dije que era más cantante que futbolista. La imagen la escribí para exaltar al solista, pero nunca para rebajar al futbolista. Fue y murió con alma de jugador de fútbol. La segunda aclaración es sobre su condición de “solista”. Sobresalía del equipo con un brillo incomparable, pero no solo se sentía parte, sino que era muy generoso con los compañeros. La felicidad que sentía dentro de una cancha lo convertía en solidario, valiente, hábil hasta el exhibicionismo y competitivo como un hambriento. Por esa razón, estoy convencido de que, solo por haber pisado gloriosamente esos cien metros por setenta, la vida le mereció la pena.“En Nápoles, su vida descarriló. El goce y el dolor, la luz y la oscuridad, la cima más alta y el pozo más profundo”

Como este recuerdo se propone también llamar la atención sobre la exagerada vida de Diego, hay que llegar a Nápoles, donde en siete años intensos como un siglo, su fútbol alcanzó alturas desconocidas para el club y gloriosas para él mismo, pero donde su vida descarriló. El goce y el dolor, la luz y la oscuridad, la cima más alta y el pozo más profundo. La salud, que era el fútbol; y la enfermedad que le contagió la vida. Nadie, que yo conozca, hizo una travesía tan larga y sinuosa.

En las dos puntas (la de la cancha y la de la vida) habitó un superhombre. En la cancha porque, rodeado de jugadores normales, fue más fuerte que los árbitros, que el poder del norte, que el súper Milan de Sacchi y que la pobre historia del Nápoles. Era él contra el mundo. Y ganaba él. En el Mundial 86, donde jugó en estado de gracia, su genialidad conoció el punto más alto el día que venció a Inglaterra. Como hizo Homero con su Ulises, conviene no hacer descripciones externas y reservar para Diego los mismos calificativos que para el héroe de la Odisea: “Sagaz”, “mañoso”, “certero”, “de muchos trucos”. El fútbol de Diego estaba hecho de belleza, de creatividad, de orgullo, de hombría y, aquella tarde frente a Inglaterra, de argentinidad al palo, con proporciones parecidas de viveza y habilidad. Diego marcó un gol estratosférico y otro tramposo. Aquí está el mejor ejemplo de esa frase que aplicamos en ocasiones menos oportunas que esta: estaba por encima del bien y del mal.

También en la vida habitó un superhombre porque, si bien Jesucristo resucitó al tercer día, cosa que no es sencilla, Maradona resucitó por lo menos tres veces, que tampoco es fácil. Era tan fuerte físicamente, como grande era su genio futbolístico. De hecho, todos sus excesos fueron un atentado contra el deporte y, sin embargo, no lograron empañar su descomunal talento, aunque en ocasiones jugara en condiciones alarmantes.

En la admiración y en la pena caben distintos tipos de emoción. Hoy hasta la pelota, el juguete más comunitario que existe, se sentirá más sola y llorará desconsolada a su dueño. Todos los que amamos el fútbol auténtico, lloramos con ella a Maradona. Y quienes lo conocimos, lloraremos aún más por aquel Diego que, en los últimos tiempos, casi había desaparecido bajo el peso de su leyenda y de su exagerada vida. Adiós, gran Capitán.

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Luis Enrique afila el ‘tiqui-taca’

Lo maravilloso de la actuación ante Alemania fue la complicidad en el estilo de un equipo desatado en el que nada ni nadie logró interferir

JORGE VALDANO elpais.com EL PAIS ESPAÑA 20 NOV 2020 –  FOTO EL PAIS ESPAÑA

El día que el equipo se encontró

España dio una inesperada, bella e ilusionante exhibición ante Alemania. Cuando las dudas empezaban a extenderse, un equipo convencido, ambicioso, dinámico, preciso y agresivo en la presión, le pasó por encima a una de las selecciones más reputadas del mundo. Fue una gran noche que repercutirá en la imagen global y en la confianza de los protagonistas. ¿Flor de un día? Hay grandes equipos que aparecieron un día, encontraron el camino y se quedaron para siempre en la imaginación de los aficionados. ¿Por qué no esta España? Tiene jugadores notables de tres quintas distintas y, aunque en la generación intermedia no hay ningún crack, entre los más jóvenes asoman talentos que si maduran adecuadamente pueden alcanzar la condición de grandes figuras y elevar la ambición competitiva de todo el equipo. Lo maravilloso de la actuación ante Alemania fue la complicidad en el estilo de un equipo desatado en el que nada ni nadie logró interferir. Ni siquiera la temible Alemania.

Románticos de una nueva era

Al proyecto de Luis Enrique ya le habían alcanzado las críticas, como si España pudiera elegir un modo distinto de jugar. En estos tiempos, todos los equipos han alcanzado tal sofisticación táctica, que por ahí es imposible marcar diferencias desequilibrantes. En lo físico, el biotipo español tampoco podrá imponerse en las disputas, aunque haya jugadores como Ramos, Rodri o Fabián Ruiz, de gran presencia. Es solo desde la pureza técnica donde España puede desarmar a cualquier rival si mueve la pelota con la velocidad y el criterio con que lo hizo frente Alemania. Son muchos, y en todas las posiciones, los jugadores dotados de una gran precisión, y a Luis Enrique le sobra convicción para dotar de seguridad ese estilo. Hace 10 años, una Selección española ejemplar universalizó la admiración hacia el romántico tiqui-taca, la revolución del momento. Pero el fútbol es evolutivo…

‘Tiqui-taca’ 5G

Porque todas las revoluciones exageran y el tiqui-taca cometió el pecado de volverse retórico. No siempre los intérpretes eran los correctos, se caía en la comodidad (zona de confort, le llaman ahora) de un dominio intrascendente y los rivales encontraron antídotos y hasta le perdieron el miedo. Llegados a este punto, el tiqui-taca necesitaba ser repensado. La evidencia de que la posesión para irse por las ramas y no llegar a ningún lado dejó de ser una propuesta temible, es que la Liga española está cómodamente ubicada como la menos goleadora de los cinco grandes campeonatos europeos. La Selección española, con sus 6 goles y sus 23 tiros frente a Alemania (concediendo solo 2), nos pone ante un tiqui-taca de nueva generación que nos recuerda que, en la tremenda lucha por el espacio en que se ha convertido el fútbol, el espacio más importante sigue siendo el de las porterías.

Competir desde la diferencia

En los partidos anteriores, la selección española insinuaba cosas interesantes que no se valoraban porque la fuerza del resultado ha podido con la fuerza del juego. Pero ningún país del mundo cuenta con tantos jugadores dotados técnicamente como España. Y ningún contexto los pone más en valor que esa fuente de juego que es el tiqui-taca. Razón suficiente para que la profundización de esa idea encuentre la complicidad de todos aquellos que aman un fútbol dominante y bello. Hay que recordar que Xavi o Iniesta no se consolidaron como cracks antes de los 25 años y que en esta Selección hay un grupo altísimo de veinteañeros que necesitan del roce internacional para pulir su talento. En la espera, no le meterán seis a Alemania en todos los partidos. Existirán los altibajos lógicos de los equipos que aún no alcanzaron la madurez. Pero conviene no olvidar que España, o es diferente, o no será nada.

Correr para sobrevivir

Solo aquellos que tienen un talento superlativo pueden desequilibrar desde el amague, la pausa y las decisiones justas en el momento justo

JORGE VALDANO 30 OCT 2020  elpais.com EL PAIS ESPAÑA

Presionar

En una mesa de café, un gran entrenador se quejaba porque uno de sus jugadores no corría y otro gran entrenador le contestó: “Estará pensando”. Aquella conversación hoy no tendría lugar. Al campo se llega pensado porque correr es el primer imperativo. Quien no sea capaz de hacer muchos esfuerzos largos a alta velocidad, tendrá problemas para vivir del fútbol. Hace más de 20 años que los equipos de Marcelo Bielsa presionan en todos los sectores del campo, sin pausa y con independencia del resultado; un constante ir y venir que yo consideraba equivocado, por excesivo. Pero el tiempo eligió ganador y no soy yo. El fútbol va hacia Bielsa. Solo aquellos que tienen un talento superlativo pueden desequilibrar desde el amague, la pausa y las decisiones justas en el momento justo. Yo miro fútbol para ver a ese tipo de jugadores, pero a ellos les cuesta cada día más imponerse y a mí encontrarlos.

Atropellar

El Madrid jugó ante el Borussia un partido académico, dominante, insistente. Su rival presionaba a la espera de un error que llegó a la media hora: quitó, corrió y marcó en su primer tiro al arco. Luego volvió al repliegue que obligaba al Madrid a terminar sus ataques con tiros lejanos o centros para improbables rematadores. Así llegó el gol… del Borussia. 2 a 0. Como no conocía la clave de la caja fuerte, el Madrid recurrió a la dinamita con defensores que pasaron al ataque y así, con Casemiro, Varane y Sergio Ramos a la heroica, los centros tuvieron razón de ser para un nuevo capítulo de una vieja leyenda que lleva por título: “El Madrid nunca se rinde”. 2 a 2. Mucho juego y poco gol, fue el diagnóstico reposado. Este es un llamado para los Hazards, Benzemas y Asensios de este mundo: hacen falta regates, paredes, pases filtrados… Demuestren su talento. Y corran.PUBLICIDAD  

Rotar

Como se trata de correr, hay que rotar. Se quita al que está muerto y se pone a uno que esté fresco. Es un cambio de paradigma, porque hasta ahora, más que entre muertos o frescos, había que elegir entre buenos o peores. Los titulares tenían el puesto asegurado y los suplentes esperaban su turno. Eso sí, cuando un suplente le arrebataba el puesto a un titular, el privilegio le duraba tiempo. Con jugadores intercambiables, el mérito dejo de ser un valor. Más en un juego de hábitos, donde la estabilidad hace al conocimiento colectivo para jugar de memoria. Miren al Bayern, al Liverpool o al City y me darán la razón. El Madrid salió de esta semana de furia con una lección aprendida: once buenos es mejor que once peores. Buenos o peores por talento, edad, compromiso o lo que sea. Quien se lo gane, sigue, y el que no, espera. Tan fácil como eso.

Jugar

Un equipo español nos hizo acordar que otro fútbol es posible. Fue el Barça, que le pegó un baile memorable nada menos que a la Juve. El secreto estuvo en la precisión en velocidad de todo el equipo. Como De Jong, por obligación, jugó el segundo tiempo de marcador central (mejor sería decir de jugador central), el Barça juntaba técnica y atrevimiento en todos los sectores del campo. Siempre a uno o dos toques y mezclando las asociaciones cortas con los envíos largos. Tocaban, regateaban, volvían a tocar y, en el disfrute, se les olvidaba marcar goles. Llegaban al área pequeña y seguían tocando. Única razón por la que el partido no terminó en goleada. Por supuesto que ese festín lo presidió Messi, pero el que mejor representó el tiqui taca del que venimos y el fútbol atlético al que vamos fue Pedri. No se cansó de correr ni de jugar.

Tiembla el Barça, tiembla el Madrid

Cualquier Clásico nos pone ante un antes y un después y este lo juegan dos equipos que están penando su transición

JORGE VALDANO elpais.com EL PAIS ESPAÑA

El Clásico como salvavidas. 

El Clásico fue, durante mucho tiempo, el pico más alto del fútbol. El mundo se peleaba por una entrada porque estábamos ante lo nunca visto. Se jugaba para saber qué suma de talentos era más eficaz, quién tenía razón entre Mou y Pep, quién era mejor entre Cristiano y Leo… No sabíamos hacia dónde mirar. Más atrás en el tiempo fueron los Galácticos, colección de dioses con Figo tratado como Judas cuando pisaba el Camp Nou. Todo grande, deslumbrante, polémico, con el fútbol desbordado social y políticamente. Hoy, en contraste, se juega un Clásico solo desbordado por la pandemia, que lo contamina todo. Sin gente, pero también sin grandes fichajes. Sin embargo, cualquier Clásico nos pone ante un antes y un después y este lo juegan dos equipos que están penando su transición. Por una cosa o por otra, los dos tiemblan por las consecuencias. Otra forma de grandeza.

El balón perezoso. El Bayern de Múnich es la unidad de medida de la excelencia y, a su paso, le va contando la verdad a sus rivales. Al Barça le marcó ocho goles y le dio la medida de su decadencia. Al Atlético le marcó cuatro y llevó el diagnóstico más lejos: la Liga está perdiendo competitividad a chorros. Durante mucho tiempo la pelota fue la gran aliada del fútbol español. Tanto en el tiqui como en el taca, resuena el ruido de aquel toque indetectable. Se mareaba a los rivales con una técnica colectiva deslumbrante. Ahora todos los rivales parecen más organizados, veloces y decididos, también más fuertes en las disputas. Si el fútbol español se ha quedado sin respuesta es porque la pelota lo envició. Hoy todos los jugadores la piden al pie y conservarla parece más importante que utilizarla para desequilibrar. No es que los rivales sean más rápidos, es que la pelota corre más lenta.

Crisis apta para menores. Las crisis tienen mucha imaginación y crean oportunidades sorprendentes. Obligan a rebuscar y nos ponen ante paradojas impensadas. Las crisis, a veces, sirven. El Barça, sin ir más lejos. Es mentira que el Barça no se haya esforzado en rodear a Messi de talento para ayudarlo a envejecer. Coutinho, Dembélé o Griezmann, son esfuerzos de mercado de más de cien millones cada uno. Luego, el tiempo y la cancha los convirtieron en jugadores discutibles. De lo contrario, no habríamos descubierto a dos deslumbrantes chicos de 17 años: Ansu Fati, de cuerpo rotundo, una habilidad seca y decidido ante el gol; y Pedri, de juego más alado, regate divertido y un golpe de vista que, a la velocidad del reflejo, convierte en decisiones. Cuando el ambiente está cargado de tensión, la frescura de jóvenes talentos es una buena solución. Ansu y Pedri tienen pinta de gran solución.

La aparición. Cuanto mejor es la técnica, menos posibilidades de aburrirse. Para el que hace y para el que mira. La habilidad es una práctica adiestrada que solo es desequilibrante si se ayuda de la inteligencia. De lo contrario, se va por las ramas y es hasta irritante. En Pedri hay un habilidoso concreto, de esos que lastiman cuando tienen la pelota porque eliminan rivales, pero con la cabeza levantada, como advirtiéndonos de que esa jugada es solo una acción de paso hacia algo sustancial. Un tiro, que aún tiene que mejorar, o un pase profundo, que suele ser claro como el aire y perfecto como una simple ecuación. En un fútbol cada vez más poblado de jugadores redundantes, como si hubiera un molde para fabricarlos, la llegada de un artista es un acontecimiento feliz. Pedri los deja atrás por habilidad y no le alcanzan por velocidad. Si la pelota obedece, no hace falta más.

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No confundamos fútbol y atletismo

Se aprende a jugar jugando, y eso se logra en una cancha, no en un gimnasio

JORGE VALDANO EL PAIS ESPAÑA elpais.com 17 de octubre 2020

La falta de gente

¿Soy yo o es el fútbol? No sé a quién responsabilizar de esta indiferencia hacia la pasión que me acompañó siempre. Como la emoción es contagiosa, estoy convencido de que esta inapetencia futbolística se debe a la ya larga ausencia de aficionados. Hay razones más que justificadas para esas gradas vacías, pero siento como si algo se hubiera roto entre el fútbol y la gente. De pronto, todos hemos entendido que en las multitudes de los estadios hay conocimiento, furia, locura, y que ese envoltorio no solo conviene, sino que resulta imprescindible para que el fútbol cobre vida. Ahora todo está sereno, con la calma de los enfermos crónicos. Asoma por la tele un garabato fino de Neymar o un brochazo gordo y espectacular de Adama Traoré, y lo apreciamos como quien ve un buen cuadro. Pero un estadio no es un museo y temo que hasta que no vuelvan los gritos no volverá mi entusiasmo.

La falta de gol

Todo lo que hay que pedirle a una selección en transición, España lo tiene: un propósito (para no manosear la palabra estilo), orden, entusiasmo, ambición… Luego hay un par de cracks como Ramos y Busquets, y algún jugador de trayectoria indiscutible como Navas, los tres sobrevivientes de tiempos gloriosos. Finalmente, España cuenta con un puñado de jóvenes brillantes que aún necesitan roce internacional para saber hasta dónde los puede llevar ese proceso de maduración. El resultado es un buen equipo que adolece de un grave problema: ser inofensivo siendo ofensivo. Tirar golpes que no duelen agranda al rival hasta la falta de respeto. Además, esa dificultad para traducir en gol tanto volumen de juego y aproximaciones peligrosas atenta contra la tranquilidad, la confianza y el optimismo, aportes anímicos imprescindibles para dar el salto definitivo de competitividad: el que convierte en gran equipo a un buen equipo.

Adama y Arribas

Toca saltar de la obsesión táctica a la física. A Adama Traoré, que es una excepción, nos lo presentan como una tendencia. Ocurre en España, el país que hizo bandera de la técnica y el criterio colectivo. Para jugar al fútbol solo hace falta saber jugar al fútbol, y eso se logra en una cancha, no en un gimnasio. Se aprende a jugar jugando. Y luego se complementa al jugador táctica y físicamente. Últimamente vengo hablando de Arribas, un joven canterano del Madrid, astuto, que decide siempre bien, que se muestra relajado donde los demás se ponen nerviosos y que acelera o frena según lo pida la jugada. Es un peso ligero ¿Y qué? ¿No lo eran Raúl, Iniesta y Cazorla? Arribas será jugador porque sabe. Elegir jugadores por el biotipo fue, durante mucho tiempo, la aberración favorita de muchas canteras. Disfrutemos con Adama, pero no empecemos otra vez a confundir el fútbol con el atletismo.

Si fuera tan fácil…

En semana de selecciones, bastó con concentrar la mirada en jugadores de gran estampa para encontrarnos con ejemplos rotundos, como los de Lukaku o Haaland (tampoco hay tantos), que imponen su físico para ganar la posición y luego, que es cuando empieza el verdadero problema, saben qué hacer con la pelota. Si solo se tratara de ganar la carrera, Usain Bolt no hubiera tenido rivales, pero como entenderse con la pelota y con el juego tiene otra complejidad, probó a ser futbolista en medio de un revuelo mediático y lo dejó en medio de la mayor indiferencia. Para entender que el fútbol es una cuestión de talentos complementarios, lo más gráfico nos lo dejó la selección de Noruega: Odegaard inventando espacios con pases medidos, y Haaland atacándolos con la voracidad de siempre. ¿A quién le convino más la sociedad? A Noruega.