Tiembla el Barça, tiembla el Madrid (Por Jorge Valdano)

Tiembla el Barça, tiembla el Madrid

Cualquier Clásico nos pone ante un antes y un después y este lo juegan dos equipos que están penando su transición

JORGE VALDANO elpais.com EL PAIS ESPAÑA

El Clásico como salvavidas. 

El Clásico fue, durante mucho tiempo, el pico más alto del fútbol. El mundo se peleaba por una entrada porque estábamos ante lo nunca visto. Se jugaba para saber qué suma de talentos era más eficaz, quién tenía razón entre Mou y Pep, quién era mejor entre Cristiano y Leo… No sabíamos hacia dónde mirar. Más atrás en el tiempo fueron los Galácticos, colección de dioses con Figo tratado como Judas cuando pisaba el Camp Nou. Todo grande, deslumbrante, polémico, con el fútbol desbordado social y políticamente. Hoy, en contraste, se juega un Clásico solo desbordado por la pandemia, que lo contamina todo. Sin gente, pero también sin grandes fichajes. Sin embargo, cualquier Clásico nos pone ante un antes y un después y este lo juegan dos equipos que están penando su transición. Por una cosa o por otra, los dos tiemblan por las consecuencias. Otra forma de grandeza.

El balón perezoso. El Bayern de Múnich es la unidad de medida de la excelencia y, a su paso, le va contando la verdad a sus rivales. Al Barça le marcó ocho goles y le dio la medida de su decadencia. Al Atlético le marcó cuatro y llevó el diagnóstico más lejos: la Liga está perdiendo competitividad a chorros. Durante mucho tiempo la pelota fue la gran aliada del fútbol español. Tanto en el tiqui como en el taca, resuena el ruido de aquel toque indetectable. Se mareaba a los rivales con una técnica colectiva deslumbrante. Ahora todos los rivales parecen más organizados, veloces y decididos, también más fuertes en las disputas. Si el fútbol español se ha quedado sin respuesta es porque la pelota lo envició. Hoy todos los jugadores la piden al pie y conservarla parece más importante que utilizarla para desequilibrar. No es que los rivales sean más rápidos, es que la pelota corre más lenta.

Crisis apta para menores. Las crisis tienen mucha imaginación y crean oportunidades sorprendentes. Obligan a rebuscar y nos ponen ante paradojas impensadas. Las crisis, a veces, sirven. El Barça, sin ir más lejos. Es mentira que el Barça no se haya esforzado en rodear a Messi de talento para ayudarlo a envejecer. Coutinho, Dembélé o Griezmann, son esfuerzos de mercado de más de cien millones cada uno. Luego, el tiempo y la cancha los convirtieron en jugadores discutibles. De lo contrario, no habríamos descubierto a dos deslumbrantes chicos de 17 años: Ansu Fati, de cuerpo rotundo, una habilidad seca y decidido ante el gol; y Pedri, de juego más alado, regate divertido y un golpe de vista que, a la velocidad del reflejo, convierte en decisiones. Cuando el ambiente está cargado de tensión, la frescura de jóvenes talentos es una buena solución. Ansu y Pedri tienen pinta de gran solución.

La aparición. Cuanto mejor es la técnica, menos posibilidades de aburrirse. Para el que hace y para el que mira. La habilidad es una práctica adiestrada que solo es desequilibrante si se ayuda de la inteligencia. De lo contrario, se va por las ramas y es hasta irritante. En Pedri hay un habilidoso concreto, de esos que lastiman cuando tienen la pelota porque eliminan rivales, pero con la cabeza levantada, como advirtiéndonos de que esa jugada es solo una acción de paso hacia algo sustancial. Un tiro, que aún tiene que mejorar, o un pase profundo, que suele ser claro como el aire y perfecto como una simple ecuación. En un fútbol cada vez más poblado de jugadores redundantes, como si hubiera un molde para fabricarlos, la llegada de un artista es un acontecimiento feliz. Pedri los deja atrás por habilidad y no le alcanzan por velocidad. Si la pelota obedece, no hace falta más.

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No confundamos fútbol y atletismo

Se aprende a jugar jugando, y eso se logra en una cancha, no en un gimnasio

JORGE VALDANO EL PAIS ESPAÑA elpais.com 17 de octubre 2020

La falta de gente

¿Soy yo o es el fútbol? No sé a quién responsabilizar de esta indiferencia hacia la pasión que me acompañó siempre. Como la emoción es contagiosa, estoy convencido de que esta inapetencia futbolística se debe a la ya larga ausencia de aficionados. Hay razones más que justificadas para esas gradas vacías, pero siento como si algo se hubiera roto entre el fútbol y la gente. De pronto, todos hemos entendido que en las multitudes de los estadios hay conocimiento, furia, locura, y que ese envoltorio no solo conviene, sino que resulta imprescindible para que el fútbol cobre vida. Ahora todo está sereno, con la calma de los enfermos crónicos. Asoma por la tele un garabato fino de Neymar o un brochazo gordo y espectacular de Adama Traoré, y lo apreciamos como quien ve un buen cuadro. Pero un estadio no es un museo y temo que hasta que no vuelvan los gritos no volverá mi entusiasmo.

La falta de gol

Todo lo que hay que pedirle a una selección en transición, España lo tiene: un propósito (para no manosear la palabra estilo), orden, entusiasmo, ambición… Luego hay un par de cracks como Ramos y Busquets, y algún jugador de trayectoria indiscutible como Navas, los tres sobrevivientes de tiempos gloriosos. Finalmente, España cuenta con un puñado de jóvenes brillantes que aún necesitan roce internacional para saber hasta dónde los puede llevar ese proceso de maduración. El resultado es un buen equipo que adolece de un grave problema: ser inofensivo siendo ofensivo. Tirar golpes que no duelen agranda al rival hasta la falta de respeto. Además, esa dificultad para traducir en gol tanto volumen de juego y aproximaciones peligrosas atenta contra la tranquilidad, la confianza y el optimismo, aportes anímicos imprescindibles para dar el salto definitivo de competitividad: el que convierte en gran equipo a un buen equipo.

Adama y Arribas

Toca saltar de la obsesión táctica a la física. A Adama Traoré, que es una excepción, nos lo presentan como una tendencia. Ocurre en España, el país que hizo bandera de la técnica y el criterio colectivo. Para jugar al fútbol solo hace falta saber jugar al fútbol, y eso se logra en una cancha, no en un gimnasio. Se aprende a jugar jugando. Y luego se complementa al jugador táctica y físicamente. Últimamente vengo hablando de Arribas, un joven canterano del Madrid, astuto, que decide siempre bien, que se muestra relajado donde los demás se ponen nerviosos y que acelera o frena según lo pida la jugada. Es un peso ligero ¿Y qué? ¿No lo eran Raúl, Iniesta y Cazorla? Arribas será jugador porque sabe. Elegir jugadores por el biotipo fue, durante mucho tiempo, la aberración favorita de muchas canteras. Disfrutemos con Adama, pero no empecemos otra vez a confundir el fútbol con el atletismo.

Si fuera tan fácil…

En semana de selecciones, bastó con concentrar la mirada en jugadores de gran estampa para encontrarnos con ejemplos rotundos, como los de Lukaku o Haaland (tampoco hay tantos), que imponen su físico para ganar la posición y luego, que es cuando empieza el verdadero problema, saben qué hacer con la pelota. Si solo se tratara de ganar la carrera, Usain Bolt no hubiera tenido rivales, pero como entenderse con la pelota y con el juego tiene otra complejidad, probó a ser futbolista en medio de un revuelo mediático y lo dejó en medio de la mayor indiferencia. Para entender que el fútbol es una cuestión de talentos complementarios, lo más gráfico nos lo dejó la selección de Noruega: Odegaard inventando espacios con pases medidos, y Haaland atacándolos con la voracidad de siempre. ¿A quién le convino más la sociedad? A Noruega.